Ciencia y religión
( Publicado en Revista Creces, Julio 1999 )

Galileo Galilei en el siglo XVII sufrió en carne propia el ancestral antagonismo entre la ciencia y la religión. Sus observaciones del firmamento lo llevaron a afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol y no el Sol alrededor de la Tierra como suponía la Iglesia en esa época. "Si el Universo había sido creado para el Hombre, tenía que ser el Sol el que giraba alrededor de la Tierra". La Inquisición condenó a Galileo por sostener esa herejía. Este, para evitar un castigo mayor, tuvo que desdecirse de su afirmación y vestir el sayo de penitente por el resto de su vida. Recién ahora la Iglesia lo ha reivindicado y reconoce su error.

Cuando el conocimiento era muy limitado todas las respuestas relacionadas con el ser humano, su origen y la creación del Universo sólo las podía dar la religión. Esta no aceptaba que la incipiente ciencia contradijera en nada los textos bíblicos, ni que tampoco tratara de dar respuestas acerca del Hombre, que estimaba de su incumbencia. Incluso, en aquellos tiempos, no se podía tampoco abrir un cadáver humano para estudiarlo. Quien se atreviera a dar respuestas por sí mismo, basado en sus observaciones, era severamente castigado. Puede afirmarse que este antagonismo entre religión y ciencia se ha mantenido a través de los tiempos, y sólo muy recientemente ha comenzado a disiparse.

Ha sido durante el siglo pasado que el Hombre ha logrado los más fantásticos avances científicos que le han permitido comenzar a entender desde el origen del Universo, la evolución del cosmos, hasta desentrañar los secretos de la vida, que sorpresivamente aparecieron como comunes para todas las especies vivas que pueblan la Tierra, incluyendo al Hombre. Curiosamente han sido esta explosión de nuevos conocimientos y la constatación de este perfecto orden los que están induciendo una nueva relación entre la religión y la ciencia. Por una parte ha sido, el científico, al comenzar a explorar el Universo y darse cuenta que éste tuvo un origen y que desde allí ha evolucionado dentro de una enorme complejidad secuencial lo que ha inducido a la necesidad de aceptar la existencia de un Ordenador o Creador Supremo, que haya ideado todo desde el comienzo de los tiempos. Por otra parte, la religión no ha podido ignorar lo que por la ciencia se ha estado gestando en los últimos tiempos, que se ha traducido en que cada vez se ha ido produciendo una mayor divergencia entre lo que señalaban los textos bíblicos y lo que ésta constataba en la naturaleza. Ello le ha obligado a replantear sus posiciones ortodoxas, adecuándose a los tiempos. Ha sido el Papa Juan Pablo II quien ha dado los pasos más significativos para acercar la ciencia y la religión, al comprobar que ambas se potenciaban en la búsqueda de la verdad y que podían perfectamente coexistir. Ha sido trascendental por ejemplo, el reconocimiento que el Papa ha hecho de la teoría de la evolución, que señala que toda la vida ha tenido un origen común. Ello no niega la divinidad del Ser Humano y la existencia de un alma que no ha seguido tal proceso evolutivo.

El Papa Juan Pablo II ha sido aún más explícito al señalar: "la colaboración entre la religión y la ciencia moderna es ventajosa para ambos, sin que en ningún caso se violen sus respectivas autonomías. Así como la religión requiere de libertad religiosa, también la ciencia requiere de libertad para desarrollar sus investigaciones".

Durante los últimos años se ha ido haciendo cada vez más necesario para el científico la búsqueda de un Creador, lo que coincide con la religión. Pero como un fenómeno social, este sentido religioso parece que también ha comenzado a penetrar las estructuras sociales. Esto es lo que se analiza en el capítulo "Religión, Ciencia y Alma", en Creces, julio 1999, pág. 42.



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